Mi hijo ha formado una familia donde no tengo lugar
Me llamo Javier. Tengo 72 años. Vivo solo en una vieja casa en las afueras de un pueblo pequeño, donde antes todo estaba lleno de vida. Aquí, en este patio, mi hijo corría descalzo por la hierba, me llamaba para construir cabañas con mantas viejas, juntos asábamos patatas en las brasas y soñábamos con el futuro. En aquel entonces, creía que esa felicidad duraría para siempre. Que era necesario, importante. Pero la vida sigue su curso, y ahora, la casa está en silencio. Polvo sobre la tetera, algún ruido en un rincón, y los ladridos ocasionales del perro del vecino tras la ventana.
Mi hijo se llama Antonio. Su madre, mi difunta esposa Carmen, nos dejó hace casi diez años. Después de eso, él fue la única persona que me quedaba cerca. El último vínculo con un pasado donde aún había calor y sentido.
Lo criamos con amor y cuidado, pero también con firmeza. Trabajé mucho, mis manos nunca conocieron el descanso. Carmen era el corazón de nuestra casa, y yo, sus manos. No siempre estuve presente, pero cuando hacía falta, allí estaba. Sumiso al trabajo, pero padre en casa. Le enseñé a montar en bicicleta, arreglé su primer Seat 600, con el que se fue a estudiar a Barcelona. Estaba orgulloso de él. Siempre.
Cuando Antonio se casó, mi alegría fue enorme. Su prometida, Lucía, me pareció reservada, discreta. Se mudaron al otro extremo de la ciudad. Pensé: no importa, que vivan su vida, que construyan algo. Y yo estaré ahí para ayudarles, para apoyarles. Creí que vendrían a verme, que podría cuidar de mis nietos, leerles cuentos por la noche. Pero nada salió como esperaba.
Primero, fueron llamadas breves. Luego, solo mensajes en fechas señaladas. Fui varias veces por mi cuentacon una tarta, con caramelos. Una vez me abrieron, pero me dijeron que Lucía tenía migraña. Otra, el niño dormía. Y la tercera, ni siquiera abrieron. Después de eso, dejé de ir.
No hice escenas. No me quejé. Me senté y esperé. Me decía: tienen sus preocupaciones, su trabajo, sus hijosya mejorará. Pero pasó el tiempo, y entendí: no hay lugar para mí en su vida. Ni siquiera para el aniversario de la muerte de Carmen vinieron. Solo una llamaday nada más.
Hace poco, me encontré con Antonio por casualidad en la calle. Llevaba a su hijo de la mano, cargado con bolsas. Lo llaméel corazón se me encogió de alegría. Se giró, me miró como a un desconocido. “Papá, ¿todo bien?”, preguntó. Asentí. Él hizo lo mismo. Dijo que tenía prisa. Y se fue. Así fue nuestro encuentro.
Caminé mucho de vuelta a casa. Mientras andaba, me pregunté: ¿en qué fallé? ¿Por qué mi propio hijo se ha vuelto un extraño para mí? ¿Tal vez fui demasiado duro? ¿O demasiado blando? ¿O quizás solo me he convertido en un estorbocon mis recuerdos, mi vejez, mi silencio?
Ahora, soy mi propia familia, mi propio apoyo. Hago té, releo las cartas de de Carmen, a veces me siento en el banco y miro a los niños de otros jugar. La vecina, Lola, a veces me saluda con la mano. Respondo con un gesto. Así es como vivo.
Sigo queriendo a mi hijo. Más que a nada. Pero ya no espero nada. Quizás sea el destino de los padresdejar ir. Pero nadie nos prepara para el día en que nos volvemos prescindibles en la vida de aquellos por los que vivimos.
Y tal vez eso sea la verdadera madurez. Solo que ya no es la del hijo. Sino la del padre.







